Sueño muchísimo, en colores dementes, tengo en los sueños sensaciones que no busco en la realidad. He anotado cientos de sueños a lo largo de los últimos diez años; algunos se repiten de forma compulsiva y me empujan a las mismas horcas caudinas de la vergüenza, la rabia y la soledad. Por supuesto, dicen que el escritor pierde por cada sueño un lector, que los sueños resultan aburridos en una historia, que no son sino un método anticuado de «mise-en-aby-me». Pocas veces, es cierto, resulta un sueño interesante para los otros. Además, los escritores abusan en ocasiones de falsificaciones, construyen sueños del calibre deseado para reflejar y ordenar la realidad difusa de la historia, al igual que, si colocas el capuchón de una pluma estilográfica en medio de un garabato anamorfo, ves reflejada en él la imagen de una mujer desnuda. Puesto que quiero comenzar esta historia con un sueño, intento defenderme en cierto modo de la acusación de pereza e ingenuidad que surgirá de inmediato.
Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Sólo escribo para vosotros, queridos amigos y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos. Sin embargo, los trucos de la escritura me dejan frío. Desde hace algo más de un año, desde que asisto a vuestros encuentros dominicales, habría podido aprender muchísimo sobre la técnica a través de la cual se liga una historia. En cualquier caso, sin embargo, me temía que no tendría demasiado que decir. De hecho, hasta la noche en que soñé lo que quiero contaros, estaba convencido de que no había nada en mi vida que mereciera salir a la luz. Así que no pretendo llevar a cabo una «mise-en-abyme», solo quiero comenzar porque estoy convencido de que, tanto en la vida como en la ficción, el comienzo da el tono. Incluso en la locura.
(…)
En fin, hace unos dos meses soñé que estaba encerrado en un frasco, pero en uno que parecía tallado en cristal de roca. Daba vueltas de aquí para allá por aquel frasco en el que, de vez en cuando, centelleaban arcoiris, y contemplaba encantado a través de sus paredes el mundo fluido, tembloroso, del exterior. Un pájara venía aleteando desde las lejanas montañas y, a medida que se acercaba, se ensanchaba al combarse sobre las paredes curvas. Cuando estuvo bien cerca, vi su ojo almendrado, enorme, que crecía como dentro de una lupa y que de repente me abarcó por todas partes.
Me tapé la cara con un sentimiento terrible de vergüenza y de placer. Cuando volví a mirar, observé que en las paredes del frasco -que lanzaban destellos demenciales- habían aparecido los contornos delicados de una puerta.
Me lancé hacia ella espantado ante la idea de que pudiera estar abierta. Pero respiré aliviado: un candado enorme, blando, como de carne, colgaba en la puerta. Por el senderito que descendía desde las lejanas montañas y terminaba ante mi puerta, venía una niña. Parecía obediente y bien educada mientras avanzaba, con unos grandes lazos en las trenzas y la boquita húmeda, hacia la puerta. Las paredes del fraaco se habían vuelto rectas y claras como si fueran de cristal y de repente sentí un miedo irracional, un terror que no he vuelto a experimentar jamás.
La niña había llegado a la puerta y había empezado a golpear con sus puñitos nacarados el grueso cristal. Debido al pánico, me había tirado al suelo y me retorcía, pero no le quitaba ojo. Cuando agarró el candado, sentí que se me abrían las carnes, que me estallaba el corazón. Entonces rompió el candado y, con las manos embadurnadas de sangre, empujó la pesada puerta de cuarzo. Se quedó paralizada ante mí, en el umbral, en una actitud que me resulta imposible describir porque no existen palabras para ello.
Y de repente vi la escena desde un punto situado a espaldas de la niña, mientras me alejaba por el sendero que conducía a las montañas lejanas. Empecé a abarcar con la mirada una superficie cada vez más vasta de las paredes macizas, de vidrio o de hielo o de cristal de frasco, sino un gigantesco castillo, una construcción obtusa, con cornisas y estucados y volutas y gorgonas y claraboyas y balcones y almenas y torreones y canalones de una matería fría y transparente.
Y en el centro de los miles de salones de paredes transparentes me encontraba yo, tirado en el suelo, y la niña en el dintel de la puerta abierta de par en par; a sus espaldas, desde la entrada en el castillo hasta la cámara central, había cientos de puertas abiertas con candados ensangrentados.
Me desperté con una sensación estúpida que me llenó de desazón durante toda la mañana, pero no recordé el sueño hasta después de comer; al principio fueron como unos destellos de pura emoción en el plexo, luego, unas dolorosas secuencias ininteligibles.
Sí, ahora, mientras escribo, me relampaguea la idea de que supe qué gestos hizo y qué palabras pronunció la niña del sueño, pero siento que me resulta imposible concentrarme sobre ellos.
(…)
«El mendébil»
